Miguel Romero, el médico que se volvió símbolo nacional entre los escombros de La Guaira

NOTICIA

7/1/202637 min read

Vi por primera vez a Miguel Antonio Romero Hernández en La Guaira, en medio de una escena difícil de ordenar. Había rescatistas, voluntarios, vecinos, médicos y familiares alrededor de un edificio hecho añicos. Todos miraban hacia el mismo punto. Se decía que podía haber una persona con vida adentro.

Romero entró.

Idiota e impertinente, fue lo único que dije en mi mente. Porque para eso están los rescatistas. Entró rápido, con miedo visible, pero entró. Después me diría que fue una imprudencia. Que en un edificio comprometido deben entrar rescatistas entrenados y que el personal médico debe esperar en una zona segura, como ya yo sabía. Tenía razón. Pero también dijo algo que explica mejor lo que ocurrió: “Si me dicen que puede haber alguien vivo, me cuesta quedarme afuera”.

Cuando salió, varias personas aplaudieron. Él no celebró. No hizo gestos. No pidió fotos. Siguió moviéndose.

Ese fue el primer rasgo que me llamó la atención. En medio del desorden, Romero no estaba quieto. Iba de un punto a otro. Preguntaba por pacientes. Daba indicaciones. Llamaba a otros médicos y especialistas. Ordenaba pequeñas decisiones clínicas. Lo buscaban cuando alguien gritaba “médico” o “vivos". Él respondía casi siempre de la misma forma: salía corriendo.

Intenté hablar con él varias veces. No era fácil. Otros también querían entrevistarlo, tomarle fotos o grabarlo. Él se negaba. Decía que no había tiempo. Que había pacientes. Que primero había que atender. Su prioridad no era contar la historia, estaba eléctrico, ansioso y siempre enérgico.

Con las horas entendí que no era solo un médico más en la emergencia. Otros profesionales lo escuchaban. Médicos en formación seguían sus instrucciones. Voluntarios le preguntaban qué hacer. Rescatistas lo reconocían como referencia médica en el terreno. Había en él una forma de liderazgo poco escénica. No necesitaba imponerse. Decía algo y el grupo se ordenaba.

Romero había llegado pocos días antes de Alemania. Es médico cirujano nacido en Falcón, Coro, formado en la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda. También estudió neuropsicología clínica en la Universidad Internacional de Valencia y desarrolla investigación en neurociencias. Su perfil no era el de un voluntario accidental. Al buscar su nombre encontré a un médico con trayectoria académica, filosófica y social. Un investigador de la inteligencia, un autor de libros, un hombre acostumbrado a organizar proyectos desde muy joven.

Pero en La Guaira esa biografía importaba menos que otra cosa: su capacidad de actuar en medio del colapso. Al menos eso era lo que yo veía.

Había salido solo desde Coro, sin una ruta segura hacia la zona cero. En el autobús conoció a Jhoiner Fernández, Reiker Ramírez, Lisbeth Bohórquez y Danymar Calles, estudiantes de medicina y médicos en formación de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda. Aquel encuentro casual terminó formando su primer equipo sanitario. Juntos pasaron por Boca de Aroa, Morón, Urama, Valencia y Caracas hasta llegar a La Guaira. En el camino atendieron pacientes, orientaron damnificados, durmieron en una estación de bomberos y siguieron avanzando cuando no había transporte disponible.

Ya en Caraballeda, Romero terminó coordinando el triaje de una clínica improvisada dentro de un McDonald’s abandonado. El lugar había empezado como centro de acopio. Luego llegaron pacientes. Llegaron rescatistas agotados. Llegaron personas con heridas, crisis hipertensivas, deshidratación, complicaciones posquirúrgicas y emergencias obstétricas. El restaurante vacío se convirtió en punto sanitario porque no había otra respuesta inmediata.

Romero no abrió ese McDonald’s, nos narra él que lo abrió un estudiante de medicina llamado Moisés Fernández, oriundo de la ciudad de Barquisimeto. Pero como lo vimos, el movió clínicamente el lugar. Eran alrededor de treinta médicos, clasificando pacientes, organizando prioridades, indicando traslados. Él asumió decisiones bajo presión. Pero admite que, mientras tanto seguía saliendo a la calle cada vez que alguien pedía un médico. Y que estuvo más tiempo fuera que dentro. Afuera el peligro y la necesidad era más bestial, comentó.

Durante esos días también presenció procedimientos críticos en los primeros momentos de la emergencia fuera tras escombros, cuando todavía había más supervivientes: toracocentesis, cardiocentesis y maniobras hechas en condiciones muy lejos de cualquier hospital. De noche caminó con brigadas extranjeras y voluntarios venezolanos entre edificios colapsados. Recuerda a una anatomopatóloga que permanecía casi sola en una escena durísima, rodeada de cuerpos, familiares, rescatistas y médicos. Recuerda también a una brigadista alemana que lloró en sus brazos porque no había logrado rescatar a nadie con vida.

Hubo una escena con una brigada suiza que él cuenta de otra manera. Rescataron a dos pacientes de un edificio cercano al McDonald’s. Uno tenía un aplastamiento grave de la extremidad derecha. Esta vez Romero no entró. Esperó afuera, como indica el protocolo. Cuando el paciente llegó a la ambulancia, intervino rápido. Evaluó los riesgos inmediatos. Señaló lo que podía matarlo en los primeros minutos. Allí no hubo impulso. Hubo control. Pacientes a salvo.

Esa tensión lo define mejor que cualquier elogio. Romero es un héroe. Nunca nos habló de eso, más bien habló de miedo, cansancio, criterio y errores. Reconoce la imprudencia de haber entrado a un edificio en riesgo. También defiende que, en una catástrofe, un médico no puede desentenderse de una posibilidad de vida.

Por eso aceptó hablar solo al final. Cuando ya estaba agotado. Cuando parte de su equipo se había retirado. Cuando parecía que por fin iba a salir de La Guaira. Hubo que esperarlo. Hubo que convencerlo. No porque no quisiera contar, sino porque sentía que hablar antes era quitarle tiempo a los pacientes.

Esta entrevista reconstruye esa ruta. La de un médico que salió de Coro sin saber si llegaría. La de cuatro médicos en formación que se convirtieron en su equipo. La de un país herido que terminó organizando clínicas donde pudo. La de un McDonald’s abandonado que funcionó como hospital improvisado. La de un hombre que no quiso posar para una tragedia, pero que terminó convertido en una de sus figuras más visibles. El hecho que el periódico más importante del mundo de habla hispana lo haya referenciado como lo hizo, habla por si sólo, yo lo reitero porque siento que le hice un seguimiento más cercano que ellos.

No sé si a Miguel Romero le gusta la palabra héroe. Probablemente la discutiría. Pero en La Guaira vi algo concreto: cuando otros preguntaban qué hacer, él ya estaba haciendo algo.

A continuación la entrevista que logré hacerle, no son antes admitir que es de las mejores que pude experimentar con tan excelente ser humano, los héroes no se entrevistan todos los días:

La salida de Coro y el equipo que nació en un autobús

—¿Qué sintió cuando decidió salir de Coro hacia la zona afectada por el terremoto?

Sentí desesperación. Una necesidad muy clara de moverme. Yo acababa de llegar a Venezuela y de pronto ocurrió una tragedia enorme. Empezaban a llegar noticias de personas heridas, atrapadas, comunidades sin atención suficiente. En ese momento no pensé demasiado en si era cómodo, si era prudente o si tenía toda la logística lista. Pensé que era médico, que podía servir y que tenía que acercarme a donde hiciera falta.

—¿Usted tenía un plan armado para llegar a La Guaira?

No. Al principio esperaba salir con un traumatólogo. Me quedé esperándolo en Coro, pero no apareció, pero la idea era trasladarnos juntos. Cuando vi que eso no se concretaba, decidí irme solo. Tomé un autobús con destino a Morón. No tenía certeza de cómo iba a llegar a La Guaira ni de si iba a poder entrar a las zonas más afectadas. El bus solo iba a llegar a Morón y mi idea de ir a la Guaira era aún no segura puestl venía llegando de Alemania, no tenía ni tarjeta, ni dinero, ni batería, ningún tipo de fondos. Básicamente era yo un mochilero con mi equipo médico en el morral, mi tensiómetro, saturometro, estetoscopio y ORL. Pero quedarse esperando ya no tenía sentido. No para mí.

—¿Qué pasó en ese autobús?

En ese autobús conocí al equipo que terminó acompañándome. Allí estaban Jhoiner Fernández quien en primera instancia fue el primero que se acercó y empezamos a hablar. Luego Reiker Ramírez, y finalmente Lisbeth Bohórquez y Danymar Calles. Eran estudiantes de medicina y médicos en formación de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, y también iban con la intención de ayudar. No nos conocíamos antes. Nos encontramos saliendo de Coro, en el bus. Empezamos a hablar de la situación, de lo que se sabía, de hacia dónde había que moverse y de qué podíamos hacer.

—¿En qué momento dejaron de ser pasajeros y empezaron a funcionar como equipo?

Creo que eso ocurrió casi sin que nos diéramos cuenta. Primero conversamos. Luego empezamos a organizar ideas. Después aparecieron los primeros pacientes y ya no había tiempo para presentaciones. Había que actuar. Ellos comenzaron a acompañarme, a escuchar indicaciones, a apoyar en la evaluación de pacientes, a mantenerse cerca. En una emergencia el equipo se forma en la práctica. No hace falta una ceremonia. Uno empieza a atender y ahí se ve quién se queda.

—¿Sintió que ellos lo asumieron como líder?

Sí, pero no porque yo lo impusiera. Yo no salí de Coro buscando dirigir a nadie. Salí porque quería ayudar. Pero cuando empiezan a aparecer pacientes descompensados, crisis hipertensivas, damnificados, personas que no quieren abandonar casas en riesgo y situaciones clínicas que requieren decisiones rápidas, alguien tiene que ordenar un poco el caos. Ellos eran médicos en formación y yo tenía más experiencia clínica. Entonces naturalmente empezaron a seguir mis orientaciones.

—¿Qué fue lo primero que atendieron al llegar a Boca de Aroa?

En Boca de Aroa empezamos a atender pacientes que necesitaban cobertura médica inmediata. Había personas descompensadas, hipertensas con crisis hipertensivas, pacientes agotados y damnificados que estaban en una situación muy vulnerable. También encontramos familias con sus casas destruidas o muy dañadas que se negaban a salir, aunque esas estructuras podían caerse en cualquier momento. Había que atender, pero también había que convencer, orientar y contener. En primera instancia desgarradoras esas imágenes.

—¿Qué recuerda de ese primer tramo entre Coro, Boca de Aroa y Morón?

Recuerdo la sensación de estar entrando poco a poco en la tragedia. Al principio uno va con la urgencia de llegar, pero en el camino la emergencia empieza a aparecer antes de la zona cero. Boca de Aroa ya tenía pacientes. Morón también formaba parte de esa ruta golpeada. No era solo llegar a La Guaira. Era entender que todo el trayecto se estaba convirtiendo en una misión médica. Cada parada podía convertirse en un punto de atención.

—¿Cómo describiría a ese primer equipo que conoció en el bus?

Con mucho orgullo. Jhoiner Fernández brillante, muy bien formado para el nivel en el que está, Reiker Ramírez diligente, Lisbeth Bohórquez y Danymar Calles se comportaron con una altura humana enorme, todos muy inteligentes, confirmando los altos estándares de calidad que tiene la UNEFM. Eran médicos en formación y aun así asumieron una emergencia real con disciplina y valentía. Caminaron, acompañaron, atendieron y se mantuvieron conmigo durante una ruta muy dura. Los conocí en un autobús y terminaron siendo mi equipo. Eso no se olvida. La verdad.

Valencia, la estación de bomberos y la clase antes de entrar a la zona cero

—Después de Boca de Aroa y Morón, ¿cómo siguió la ruta?

Seguimos avanzando como pudimos. Fuimos pasando por distintos puntos de esa zona costera, incluyendo Morón y Urama. No era una ruta organizada. Era ir resolviendo en el camino. A veces nos movíamos en cola, a veces en vehículos de personas que estaban ayudando, a veces con fundaciones que llevaban comida, arepas, sueros orales, medicamentos e insumos médicos. La ayuda civil estaba muy activa. Había mucha gente intentando colaborar desde donde podía.

—¿Ya en ese momento entendían la magnitud de lo ocurrido?

La íbamos entendiendo por partes. Cada pueblo mostraba un fragmento de la tragedia. Al principio uno piensa en llegar a la zona más afectada, pero en el trayecto empiezas a ver pacientes, damnificados, casas destruidas, adultos mayores descompensados, personas sin medicamentos, familias que no quieren dejar su vivienda aunque esté en riesgo. Entonces comprendes que la emergencia no está en un solo punto. Se va extendiendo por todo el camino.

—¿Cómo llegaron a Valencia?

Llegamos con apoyo de colaboradores y de personas que estaban movilizando ayuda. Había camionetas de fundaciones que repartían arepas, agua, sueros orales e insumos. Nosotros nos íbamos sumando como podíamos. La prioridad era seguir avanzando hacia Caracas y luego hacia La Guaira, pero nada estaba funcionando de manera normal. Todo era incierto.

—¿Qué ocurrió en Valencia?

En Valencia nos encontramos con que no había salida clara hacia Caracas. Nada salía con normalidad. Todo estaba detenido o muy difícil. No teníamos una forma segura de continuar. Entonces caminamos hasta una estación de bomberos y allí pasamos la noche.

—¿Pudieron descansar?

Muy poco. No era un descanso real. Era más bien detener el cuerpo un momento. Había cansancio, pero también mucha tensión. Sabíamos que todavía no habíamos llegado a la zona más dura. Estábamos en una pausa obligada, no en un lugar de reposo. Ellos durmieron quizás dos horas, yo no.

—Esa noche usted dio una clase a los médicos en formación. ¿Por qué decidió hacerlo?

Porque entendí que debíamos llegar mejor preparados. Ellos eran médicos en formación y estaban entrando conmigo a una situación de catástrofe. No bastaba con tener voluntad. Había que saber cuáles eran los riesgos más graves y qué podía matar más rápido a un paciente rescatado de los escombros.

—¿De qué trató esa clase?

Hablé de hiperpotasemia, rabdomiólisis, síndrome de aplastamiento, insuficiencia renal aguda, shock, hemorragias, lesiones torácicas y arritmias. Les expliqué que un paciente puede salir vivo de un derrumbe y morir después si no se identifican a tiempo esas complicaciones. Muchas veces la gente cree que el rescate termina cuando sacan al paciente, pero médicamente allí empieza otra emergencia.

—¿Por qué insistió tanto en la hiperpotasemia y la rabdomiólisis?

Porque en pacientes atrapados por horas bajo escombros, el daño muscular puede liberar sustancias que alteran gravemente el metabolismo. El potasio puede subir y causar arritmias mortales. También puede aparecer lesión renal aguda. En un contexto así, hay que pensar rápido. Hay que hidratar, vigilar signos, reconocer patrones de alarma y saber a quién trasladar de inmediato.

—¿Esa clase quedó registrada?

Sí. La clase quedó grabada. Fue una clase prácticamente magistral de manera informal, pero muy importante para nosotros. Era una estación de bomberos, de madrugada, con un grupo de jóvenes médicos cansados y preocupados. Pero creo que fue necesaria. Nos permitió ordenar la cabeza antes de seguir.

—¿Qué les dijo a esos médicos en formación antes de continuar?

Les insistí en que íbamos a entrar a una emergencia real. Que había que ayudar, pero también cuidarse. Que no todo impulso es correcto. Que en una catástrofe uno debe aprender a moverse con criterio. Evaluar riesgos. Priorizar pacientes. No estorbar a los rescatistas. No exponerse inútilmente. Y al mismo tiempo estar listo para actuar cuando la vida de alguien dependa de una decisión rápida. Que recordasen el ciclo del potasio y mioglobina circulante. Ciencia ante todo.

—¿A qué hora siguieron hacia Caracas?

Salimos aproximadamente a las tres de la mañana. Ya estábamos agotados, pero había que seguir. La idea era llegar a Caracas, conseguir los comprobantes médicos y avanzar hacia La Guaira.

—¿Por qué necesitaban comprobantes o permisos?

Porque el ingreso a La Guaira se había complicado. Había controles, códigos, restricciones. Se hablaba de un código QR y de requisitos para poder entrar. Eso generaba mucha dificultad para los voluntarios. Nosotros éramos personal sanitario y queríamos llegar a ayudar, pero en la práctica había trabas. Teníamos que buscar la manera de demostrar quiénes éramos y por qué íbamos.

—¿Cómo vivió ese contraste entre la urgencia médica y las dificultades para entrar?

Con mucha frustración. En una emergencia el tiempo es decisivo. Cada hora cuenta. Mientras uno busca un permiso o intenta resolver una traba, puede haber una persona esperando atención. Yo entiendo que debe haber organización y seguridad, pero la respuesta sanitaria tiene que ser rápida. Si hay médicos, enfermeras, rescatistas y voluntarios preparados para ayudar, el sistema debería facilitar el paso, no volverlo más difícil.

—¿Qué recuerda de esa madrugada?

Recuerdo el cansancio y la sensación de estar avanzando contra obstáculos. Ya habíamos atendido pacientes, ya habíamos dormido casi nada, ya veníamos de caminar y movernos de un punto a otro. Pero todavía faltaba llegar al lugar más golpeado. Esa madrugada fue como una antesala. Sabíamos que lo más fuerte venía después.

Caracas, el grupo de voluntarios y la entrada difícil a La Guaira

—¿Qué ocurrió al llegar a Caracas?

Al llegar a Caracas intentamos organizarnos para entrar a La Guaira. Ya no era solo mi equipo inicial. En el camino comenzaron a sumarse muchas más personas del área de salud y de emergencia. Había médicos, psicólogos, enfermeras, fisioterapeutas, emergencistas y rescatistas. También había voluntarios de distintas universidades. Recuerdo personas de la Universidad Central de Venezuela, de la Universidad de Los Andes, de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda y de otros espacios de formación.

—¿Cuántas personas llegaron a reunirse?

Éramos aproximadamente cuarenta personas. No todos teníamos la misma función, pero todos íbamos con una intención común. Llegar a La Guaira y ayudar. Algunos iban preparados para atención médica. Otros para apoyo psicológico. Otros para rescate, fisioterapia, logística o acompañamiento. Era un grupo muy diverso, pero con mucha disposición.

—¿Cómo era el ambiente entre ustedes?

Había cansancio, pero también mucha voluntad. Nadie estaba cómodo. Nadie sabía exactamente qué iba a encontrar. Pero había un sentimiento compartido de urgencia. Queríamos avanzar. Queríamos llegar. Sabíamos que cada retraso podía significar menos posibilidades para alguien. Ansiedad general y expectativas diversas, diría yo.

—¿Qué pasó con el transporte hacia La Guaira?

Tuvimos un problema fuerte. Un busetero nos cobró por llevarnos hacia la zona. Se suponía que debía dejarnos cerca de Catia La Mar, pero terminó dejándonos varados en Caracas. Fue una situación muy frustrante. Nos estafó. Éramos un grupo grande, con personal sanitario, con gente dispuesta a ayudar, y quedamos detenidos sin saber cómo seguir.

—¿Intentaron pedir apoyo en ese momento?

Sí. Pedimos ayuda. Hablamos con funcionarios. Intentamos explicar que éramos un grupo de médicos y voluntarios que iba hacia la zona afectada. Pero nadie quería o podía trasladarnos. Había mucho desorden. Mucha confusión. La sensación era que La Guaira estaba cerca, pero al mismo tiempo completamente bloqueada para nosotros.

—¿Qué hicieron entonces?

Seguimos insistiendo. No podíamos quedarnos allí. Finalmente apareció un señor con una camioneta. Un ciudadano común, muy amable, que entendió la situación y aceptó acercarnos hacia La Guaira. Ese tipo de gestos fueron muy importantes durante toda la emergencia. Muchas veces no avanzamos por una estructura formal, sino por la ayuda de personas particulares que decidían colaborar.

—¿Ese señor los llevó directamente a la zona afectada?

Nos acercó hacia la entrada de La Guaira. Desde allí tuvimos que seguir poco a poco. No era que llegabas de una vez a Caraballeda o a las zonas más destruidas. Había que avanzar por tramos. Pedir cola. Caminar. Subir a vehículos de voluntarios. Explicar quiénes éramos. Intentar que nos dejaran pasar. Fue una entrada progresiva, difícil y agotadora. Encima con todos los insumos bastante pesados. Cinco cajas aproximadamente.

—¿Cuál fue el primer punto de atención al que llegaron?

Llegamos primero a una tienda de campaña que funcionaba como un hospital de campaña inicial. Allí ya estaban atendiendo dos doctoras de Guatire. Era un punto muy básico, pero estaba cumpliendo una función importante. Había pacientes que necesitaban evaluación, personas descompensadas, heridos, gente con crisis nerviosas y familiares que no sabían dónde buscar ayuda.

—¿Se incorporaron inmediatamente al trabajo?

Sí. Al llegar nos incorporamos. No había mucho protocolo posible. Uno veía pacientes, preguntaba qué hacía falta, ayudaba donde podía. La necesidad era enorme. Había que atender en condiciones muy precarias y con mucha presión. Cada persona que llegaba traía una urgencia distinta.

—¿Qué tipo de pacientes vio en ese primer hospital de campaña?

Vi pacientes hipertensos, personas deshidratadas, pacientes con agotamiento, heridos leves, personas con ansiedad aguda y damnificados que no tenían medicamentos. También había muchos familiares en estado de shock. Gente que no necesariamente tenía una herida visible, pero estaba completamente rota por dentro. En una catástrofe uno atiende cuerpos, pero también atiende miedo.

—¿Cuánto tiempo permanecieron allí?

Estuvimos un tiempo apoyando, pero después decidimos avanzar hacia las zonas más destruidas. Sabíamos que la demanda principal estaba más adentro. Había sectores de Caraballeda y de La Guaira donde el daño era mucho mayor. Entonces seguimos moviéndonos hacia esos puntos.

—¿Qué sintió al empezar a entrar en las zonas más afectadas?

Sentí que la tragedia cambiaba de escala. Hasta ese momento ya habíamos visto daño, pacientes y comunidades afectadas. Pero al entrar en las zonas más destruidas uno entendía otra cosa. Había edificios comprometidos, calles llenas de escombros, familias buscando desaparecidos, rescatistas trabajando al límite. La emergencia dejaba de ser algo que uno venía siguiendo desde lejos. Se volvía una realidad física delante de ti.

—¿Cuál fue la imagen que más le impactó al entrar a Caraballeda y a esas zonas?

La gente esperando. Eso me marcó mucho. Familias esperando frente a estructuras caídas. Personas mirando los escombros como si todavía pudieran responder. Gente gritando nombres. Rescatistas entrando y saliendo. Médicos tratando de decidir a quién atender primero. Esa espera era terrible. No era una espera pasiva. Era una espera desesperada.

—¿Qué papel tenía su equipo en ese momento?

Mi equipo se mantuvo conmigo. Jhoiner Fernández, Reiker Ramírez, Lisbeth Bohórquez y Danymar Calles siguieron acompañando, apoyando y atendiendo. Ya veníamos de una ruta larga, con cansancio acumulado, pero ellos siguieron firmes. Eso para mí fue muy valioso. Eran médicos en formación y estaban viendo una emergencia real en condiciones muy duras.

—¿Usted sentía responsabilidad por ellos?

Sí. Muchísima. No solo los veía como apoyo, también sentía que debía cuidarlos. Yo tenía más experiencia y sabía que una emergencia así puede llevarte a cometer imprudencias. Había que ayudarlos a actuar, pero también a no exponerse de manera innecesaria. Ellos querían ayudar y eso era admirable, pero también había que enseñarles a moverse con criterio.

—¿Ese fue el momento en que entendió que ya estaban dentro de la zona cero?

Sí. Cuando llegamos a esas áreas de Caraballeda y empezamos a ver el nivel de destrucción, entendí que ya estábamos dentro de la zona cero. Ya no era tránsito, ya no era preparación, ya no era intentar llegar. Estábamos allí. Y desde ese momento todo se volvió mucho más intenso.

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El edificio, el miedo y el primer encuentro con el periodista

—Usted contó que hubo un momento en el que entró a un edificio dañado. ¿Qué ocurrió exactamente?

Estábamos ya en una de las zonas más afectadas. Había mucha gente afuera, rescatistas, vecinos, voluntarios, personas mirando la estructura. En ese momento se comentó que podía haber un paciente vivo dentro del edificio. No era una información completamente clara, pero existía esa posibilidad. Y cuando uno escucha eso en una emergencia, cambia todo.

—¿El edificio estaba en riesgo?

Sí. Era una estructura dañada. Había riesgo real. No era un lugar seguro para entrar. Desde el punto de vista técnico, lo correcto era que entraran solamente rescatistas entrenados. Incluso los paramédicos deben esperar en una zona más segura hasta que el paciente pueda ser extraído. Un médico no debería entrar así, porque puede convertirse en otra víctima.

—Pero usted entró.

Sí. Entré. Fue una decisión imprudente. No quiero presentarla como una decisión perfecta ni como un protocolo a seguir. No lo fue. Pero en ese momento dijeron que podía haber alguien vivo y sentí que tenía que verificar, que tenía que acercarme, que tenía que intentar ayudar si todavía existía una posibilidad.

—¿Qué sintió mientras estaba dentro?

Miedo. Mucho miedo. No lo digo como una frase bonita. Lo sentí físicamente. Uno mira la estructura, escucha ruidos, siente el polvo, ve las grietas, entiende que puede pasar algo en cualquier momento. Pensé que se me podía caer encima. Pensé que yo mismo podía quedar atrapado. Pero también pensaba en la posibilidad de que hubiera una persona respirando allí dentro.

—¿Llegó a arrepentirse en ese instante?

No sé si arrepentirme. Sí pensé que era peligroso. Sí pensé que quizás estaba cruzando un límite. Pero en una situación así la cabeza trabaja de otra manera. No es que desaparezca el miedo. Es que la urgencia te empuja. Si alguien puede estar vivo, uno siente que no puede quedarse mirando desde afuera.

—¿Qué pasó cuando salió?

Cuando salí había gente mirando. Algunas personas aplaudieron. Para mí fue extraño. Yo no estaba en una escena de victoria. Salí con miedo todavía. Salí pensando en lo cerca que podía haber estado de que algo saliera mal. Pero entiendo que para la gente de afuera fue impactante ver a un médico entrar a una estructura dañada cuando todos estaban detenidos por el peligro.

—¿Ese fue el momento en que un periodista se acercó a usted?

Sí. Después de eso se acercó un periodista. Me preguntó quién era. Le llamó la atención mi forma de actuar, mi manera de moverme con el grupo, la capacidad de liderazgo que él veía en medio del caos. Yo venía de atender pacientes, de caminar, de entrar en zonas de riesgo, de correr cuando gritaban “médico”. Para él seguramente era una escena muy fuerte.

—¿Qué le respondió cuando le preguntó quién era usted?

Le expliqué que era médico cirujano venezolano, que venía de Coro y que había llegado con un grupo de médicos en formación de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda. También le conté que había regresado recientemente de Alemania, donde venía desarrollando trabajo académico e investigación, pese a que mi estatus allí siempre fue complicado, primero dos años difíciles por asilo, luego una estancia por cualificación tras abandonar el asilo. Pero en ese momento mis credenciales importaban poco. Lo importante era que estábamos allí para atender.

—¿Cómo vivió usted que lo identificaran como una figura de liderazgo?

Con responsabilidad. En esas circunstancias el liderazgo no es mandar. Liderar es moverse primero cuando hace falta, organizar cuando hay confusión, cuidar al equipo y tomar decisiones bajo presión. También es reconocer cuando uno se equivoca o cuando asume un riesgo que no debería asumir. Yo entré a ese edificio y sé que fue imprudente. Pero también sé por qué lo hice.

—¿Sintió que ese episodio cambió la forma en que la gente lo veía?

Sí. Creo que sí. La gente empezó a reconocerme más. Los voluntarios también. Cuando alguien gritaba por un médico o por un especialista, yo salía corriendo. Y ese episodio reforzó esa imagen de que yo estaba dispuesto a ir hasta donde hiciera falta. Pero eso también tiene un peso. Porque uno no puede dejarse arrastrar por la idea de heroísmo. En una catástrofe, si el heroísmo no tiene criterio, puede terminar siendo peligroso.

—¿Cómo diferencia usted el heroísmo de la imprudencia?

Es una línea muy fina. El heroísmo real no es actuar sin miedo ni sin pensar. El heroísmo debería estar guiado por la responsabilidad. La imprudencia aparece cuando uno se expone sin medir bien el riesgo. En mi caso hubo las dos cosas. Hubo una intención legítima de ayudar, pero también hubo una exposición que técnicamente no era la ideal. Por eso lo cuento así. No quiero convertirlo en ejemplo de protocolo. Quiero decir la verdad.

—¿Qué le dejó ese momento?

Me dejó una marca fuerte. Porque entendí que en una emergencia el médico no solo enfrenta el dolor del paciente. También enfrenta sus propios límites. El miedo. La posibilidad de morir. La responsabilidad ante el equipo. La presión de la gente que espera una respuesta. Uno no está por encima de nada. Uno también tiembla. Pero aun temblando, a veces tiene que actuar.

—¿Volvería a hacerlo?

No puedo responder eso de manera simple. Como médico, debo decir que lo correcto es respetar los protocolos y dejar que los rescatistas entren primero. Como ser humano que estuvo allí, sé que si otra vez escuchara que puede haber alguien vivo, me costaría muchísimo quedarme quieto. Esa es la tensión. La medicina en una catástrofe se mueve muchas veces entre el deber, el protocolo y la desesperación de no abandonar a nadie.

El McDonald’s que terminó convertido en clínica de emergencia

—¿Cómo llegó al McDonald’s abandonado de Caraballeda?

Llegamos después de recorrer varias zonas muy afectadas. Ya habíamos pasado por puntos de atención improvisados, calles destruidas, edificios dañados y lugares donde la gente pedía ayuda a gritos. En ese recorrido vimos que había un McDonald’s abandonado que estaba funcionando primero como centro de acopio. Allí llegaban medicamentos, agua, alimentos, sueros, insumos de cura y donaciones. La gente empezó a llevar lo que podía.

—¿Era ya un punto médico cuando usted llegó?

No del todo. Al principio era más un centro de acopio. Un lugar donde se recibían ayudas y se organizaban insumos. Pero la emergencia fue empujando el espacio hacia otra función. Llegaban pacientes. Llegaban rescatistas agotados. Llegaban personas descompensadas. Entonces el lugar empezó a convertirse en un punto sanitario. No fue algo diseñado desde cero. Fue una transformación por necesidad.

—¿Quiénes estaban allí cuando usted llegó?

Recuerdo que estaba Moisés Fernández, estudiante de medicina, junto a otros voluntarios. También había apoyo de cuerpos de seguridad y personal que estaba intentando sostener el orden del lugar. Había un médico cirujano que ejercía como jefe de servicio. Cuando me incorporé, me recibió y entendió que podía apoyar en la organización clínica. Después Moisés me asignó funciones como jefe de triaje. Luego empezaron a llegar más especialistas.

—¿Qué significaba ser jefe de triaje en ese contexto?

Significaba ordenar la entrada de pacientes. Ver quién requería atención inmediata. Quién podía esperar. Quién necesitaba traslado. Quién podía resolverse allí mismo. Quién estaba deshidratado. Quién venía con una crisis hipertensiva. Quién tenía una herida que podía complicarse. Quién era un rescatista agotado y necesitaba compensación rápida para volver a operar. En una emergencia así el triaje es decisivo porque los recursos nunca alcanzan para todos al mismo tiempo.

—¿Usted fue el primer especialista en llegar a ese punto?

Sí. Hasta donde recuerdo, fui el primer especialista médico que llegó a ese McDonald’s. Había muchas doctoras, voluntarios, personal sanitario y un médico cirujano coordinando, pero mi incorporación permitió reforzar la parte clínica y organizar mejor la clasificación de pacientes. No se trataba de mandar por mandar. Se trataba de hacer funcionar un espacio que estaba recibiendo cada vez más presión.

—¿Cómo se organizó físicamente el lugar?

Como se pudo. Moisés y el resto lo hacían muy bien, yo estaba más afuera. Lo que antes había sido un restaurante empezó a dividirse por áreas. Un espacio para farmacia. Otro para atención. Otro para hidratación. Otro para procedimientos menores. Otro para descanso de voluntarios. También se atendía a rescatistas que llegaban descompensados por el esfuerzo, el calor y la falta de sueño. Nada era perfecto. Pero empezó a tener una lógica funcional.

—¿Cuántas personas trabajaban allí?

En algunos momentos había alrededor de cuarenta personas vinculadas al área sanitaria. Médicos, estudiantes, enfermeras, voluntarios, rescatistas y personal de apoyo. Había entradas y salidas constantes. La gente llegaba, ayudaba, se agotaba, salía, volvía. Era una dinámica muy intensa.

—¿Qué tipo de pacientes atendían en el McDonald’s?

De todo. Crisis hipertensivas, deshidratación, agotamiento físico, heridas, dolor, ansiedad aguda, pacientes crónicos que habían quedado sin medicamentos, rescatistas descompensados y personas que venían de zonas destruidas. Algunos llegaban caminando. Otros los traían vecinos. Otros venían buscando orientación porque no sabían si debían trasladarse o esperar.

—¿También hubo procedimientos?

Sí. Se hicieron procedimientos menores y se resolvieron casos que no podían esperar. Recuerdo una paciente que llegó con los puntos de una cesárea abiertos. Otro médico del equipo la atendió y logró resolver. También hubo una mujer que había dado a luz sola y presentaba restos placentarios, lo que representaba un riesgo obstétrico importante. En esas condiciones uno trabaja con lo que tiene, con criterio y con mucha presión.

—¿Con qué recursos contaban?

Con recursos limitados. Mucho venía de donaciones. Medicamentos, gasas, sueros, analgésicos, antibióticos, material de cura. A veces faltaba luz. A veces se trabajaba con celulares o linternas. Había calor, polvo, ruido y mucha gente entrando y saliendo. Pero aun así el espacio funcionó porque había voluntad y porque se fue organizando de manera práctica.

—Cuál era la función más urgente del lugar?

Clasificar y estabilizar. Ese era el centro. No podíamos convertir ese espacio en un hospital completo, pero sí podíamos impedir que muchos pacientes empeoraran. Podíamos hidratar. Controlar presión. Curar heridas. Identificar signos de alarma. Compensar rescatistas. Dar orientación. Decidir traslados. En una catástrofe, a veces esa primera atención hace la diferencia.

—Usted dijo que pasaba mucho tiempo afuera. ¿Por qué?

Porque afuera ocurría lo más impredecible. El McDonald’s era un punto de atención, pero la emergencia no estaba solo dentro. Afuera llegaban gritos. Llamados. Personas diciendo que hacía falta un médico en otro punto. Rescatistas que pedían apoyo. Familiares que señalaban un edificio. Entonces yo salía mucho. Cuando alguien gritaba “médico” o “especialista”, yo corría.

—¿Qué encontraba cuando corría hacia esos llamados?

A veces pacientes que todavía podían estabilizarse. A veces personas heridas. A veces rescatistas agotados. Y muchas veces llegábamos tarde. Eso fue muy duro. La cantidad de muertos que aparecían. Era una carnicería [llora, suspira...]. La esperanza te hace correr, pero la realidad te golpea cuando llegas. Había pasado demasiado tiempo para muchos. Aun así uno no podía dejar de acudir. Mientras existiera una posibilidad mínima de vida, había que verificar.

—¿Cómo se sostenía emocionalmente ese ritmo?

No sé si uno se sostiene. Más bien sigue. Dormíamos muy poco. Una o dos horas al día. A veces menos. Caminábamos muchísimo. Había días de 15 o 30 kilómetros recorriendo zonas afectadas. La sensación térmica era extrema, 35-37 grados pero con el gasto y las emisiones que parecían salir de las grietas del suelo, pudo ser 42-43 grados. Eso después pasa factura. En el momento uno funciona por necesidad. Vi muchos desplomarse.

—¿Qué representó ese McDonald’s dentro de la emergencia?

Representó dos cosas al mismo tiempo. Por un lado, la capacidad de organización de la sociedad civil y de los voluntarios. Un lugar abandonado pudo convertirse en un punto de atención porque la gente llevó insumos, porque los médicos se quedaron, porque los médicos en formación ayudaron y porque los rescatistas confiaron en ese espacio. Pero también representó la precariedad. Un país no debería depender de que un restaurante abandonado funcione como clínica.

—¿Qué piensa cuando ve que esa imagen llamó la atención internacional?

Pienso que es una imagen fuerte, pero no debe romantizarse. Sí, hubo entrega. Sí, hubo solidaridad. Sí, hubo médicos y voluntarios haciendo lo que podían. Pero también hubo desamparo, respuesta tardía y rabia e indignación. Pudimos salvar a miles mas. La imagen impacta porque muestra algo admirable y algo doloroso a la vez. Admirable por la gente que ayudó. Doloroso porque esas condiciones no deberían ser normales. Uno sufre. Se sufre. Todos sufrimos ahora.

—¿Qué fue lo más importante que hizo ese equipo allí?

Sostener la atención. Mantener un punto abierto. Recibir pacientes. Ordenar el caos. Evitar que todo dependiera de gritos sueltos y movimientos desesperados. El McDonald’s permitió concentrar insumos, personal y decisiones. No era un hospital real, pero en esas horas funcionó como una clínica de emergencia. Y para muchas personas eso fue lo único disponible.

Las noches, las brigadas internacionales y el peso de no poder salvar a todos

—¿Cómo eran las noches en la zona afectada?

Las noches eran muy distintas al día. Durante el día había movimiento constante, pacientes, familiares, voluntarios, rescatistas, gente llevando insumos, personas pidiendo orientación. En la noche todo se volvía más pesado. Seguían las búsquedas, pero el ambiente cambiaba. Había menos ruido de calle y más silencio alrededor de los escombros. Ese silencio era muy fuerte. Todo sin luz y extremo calor.

—¿Se seguía trabajando durante la noche?

Sí. Las brigadas seguían trabajando. Los rescatistas continuaban entrando y saliendo de estructuras dañadas. Había turnos, llamados, puntos de búsqueda, coordinación entre equipos. Nosotros también seguíamos pendientes porque cualquier hallazgo podía requerir atención médica inmediata. No era una emergencia que se detenía cuando oscurecía.

—¿Qué papel tenía usted durante esas noches?

Me mantenía cerca de los puntos donde podía requerirse apoyo médico. También hablaba con rescatistas y voluntarios. A veces había que atender a alguien agotado, deshidratado o emocionalmente quebrado. En una tragedia así no solo llegan pacientes desde los edificios. También se enferma o se rompe la gente que está intentando rescatar.

—Usted habló de una anatomopatóloga que estaba prácticamente sola durante una de esas noches. ¿Qué ocurrió allí?

Fue una escena muy dura. Había una anatomopatóloga trabajando casi sola, en medio de una situación muy difícil, con cuerpos, familiares, voluntarios y rescatistas alrededor. Mi equipo estuvo allí con ella. Éramos muchísimos venezolanos moviéndonos en medio de la madrugada, quizá más de mil personas entre voluntarios, familiares, personal de salud y rescatistas. Se buscaban cuerpos, pero también se seguía buscando vida. Uno veía a las brigadas suizas, alemanas y francesas entrando y saliendo, y al mismo tiempo veía a esa mujer sosteniendo una parte muy dolorosa de la emergencia.

—¿Qué le impactó de esa escena?

La soledad. Ella estaba cumpliendo una función tremenda, pero se sentía muy sola. La muerte también necesita orden, identificación, respeto, cuidado. En una catástrofe se habla mucho del rescate, y es lógico, pero hay otra parte más silenciosa, más dura, que tiene que ver con los cuerpos y con las familias que esperan una respuesta. Estar allí con ella fue comprender otra dimensión de la tragedia. Además como científico reconozco a otro científico, ella lo es.

—Usted mencionó que tuvo contacto con brigadas internacionales. ¿De dónde venían?

Había brigadas de varios países. Recuerdo equipos de Francia, España, Suiza, Holanda y Alemania. Eran rescatistas con experiencia, con formación, con disciplina, pero enfrentados a una situación muy dura. Algunos venían preparados técnicamente para escenarios de desastre, pero eso no significa que emocionalmente sea fácil.

—¿Pudo comunicarse con ellos?

Sí. Con algunos pude comunicarme en alemán porque yo venía de vivir en Alemania. Eso ayudó en ciertos momentos. No era una conversación formal. Era hablar en medio del cansancio, de la búsqueda, de la frustración. A veces bastaba poder entender lo que alguien necesitaba o lo que estaba sintiendo.

—¿Qué recuerda de la brigadista alemana que lloró con usted?

La recuerdo mucho. Era una rescatista alemana. Estaba muy afectada. Me dijo que era la primera vez que veía algo así, una emergencia de esa magnitud. También me dijo algo que la estaba destruyendo: que era la primera vez que no había podido rescatar a ningún paciente con vida. Eso la quebró.

—¿Qué ocurrió en ese momento?

Lloró conmigo. Se apoyó en mis brazos y lloró. No fue una escena teatral ni nada parecido. Fue una persona entrenada para rescatar vidas que en ese momento no podía más. La gente suele imaginar a los rescatistas como personas invulnerables, pero no lo son. También sienten culpa, impotencia, cansancio, frustración. También se preguntan si pudieron hacer más.

—¿Qué sintió usted al verla así?

Sentí mucha tristeza. También una especie de reconocimiento humano. Porque nosotros como médicos a veces también cargamos eso. La idea de que no alcanzó, de que llegaste tarde, de que hiciste todo lo posible y aun así no fue suficiente. Ver a una rescatista extranjera quebrarse por no haber podido salvar a nadie me mostró que la tragedia no tenía fronteras. Afectaba a las familias venezolanas, pero también a quienes habían llegado de otros países para ayudar.

—También hubo un rescate con una brigada suiza cerca del McDonald’s. ¿Qué pasó?

Sí. Eso fue muy importante. Una brigada suiza logró rescatar a dos pacientes de un edificio que estaba cerca del McDonald’s. Un poco más allá. Fue una escena muy fuerte y a la vez muy bella, porque allí sí se sentía que todavía había vida, que todavía se podía hacer algo. En uno de los casos había un aplastamiento importante de la extremidad derecha. Yo no entré al edificio en ese momento. Me quedé afuera, como correspondía, esperando que los rescatistas hicieran la extracción.

—¿Qué hizo cuando sacaron al paciente?

Cuando llegó a la ambulancia abordé la situación de inmediato. No me monté en la ambulancia, pero controlé la emergencia desde allí. Señalé rápidamente qué podía matar al paciente en los primeros minutos. En un aplastamiento hay que pensar en shock, en sangrado, en daño muscular, y edema que puede causar hipovolemia hiperdifusa o en hiperpotasemia, en rabdomiólisis, en lesión renal, en arritmias. Había que actuar rápido y orientar bien la prioridad. Siento que ese paciente sí pudo tener una oportunidad real.

—¿Qué diferencia hubo entre esa escena y la del edificio al que usted entró?

La diferencia fue el control. En el primer caso actué por impulso, con miedo y con una posibilidad de vida que me empujó a entrar. En este caso esperé. Dejé que la brigada hiciera su trabajo y actué cuando el paciente fue extraído. Eso es lo correcto. Esa diferencia también me enseñó mucho. En una emergencia uno debe ayudar, pero debe saber en qué momento entrar y en qué momento esperar.

—Usted también vio procedimientos críticos en los primeros días.

Sí. En los primeros días todavía había más supervivientes y se vivieron procedimientos muy duros, en condiciones extremas. Vi toracocentesis, cardiocentesis y maniobras que normalmente uno espera ver en un ambiente mucho más controlado. Pero allí todo ocurría en medio del desastre. La medicina se hacía donde se podía, con lo que había y con el tiempo en contra.

—¿Qué tan duro era enfrentarse a pacientes que ya no podían ser salvados?

Muy duro. Eso fue de lo más difícil. Cuando alguien gritaba que había una persona, uno corría. Corría con esperanza. Pero muchas veces la realidad era que ya había pasado demasiado tiempo. Llegábamos y no había nada que hacer. Eso va golpeando. Una vez puede doler. Diez veces empieza a romperte. Y aun así no puedes dejar de correr porque la próxima vez tal vez sí haya alguien vivo.

—¿Cómo manejaba esa tensión entre esperanza y realidad?

No sé si se maneja. Se atraviesa. Uno actúa porque debe actuar. La esperanza es necesaria porque te mueve, pero la realidad te obliga a mantener criterio. No puedes prometer vida donde no la hay. No puedes engañar a una familia. Pero tampoco puedes abandonar una posibilidad sin verificar. Esa tensión es brutal.

—¿Qué veía en los familiares durante esas noches?

Veía espera. Mucha espera. Personas mirando hacia los escombros. Recuerdo los llantos y gritos. No sé si podré dormir los siguientes días. Personas preguntando si se oía algo. Madres, padres, hermanos, vecinos. Algunos gritaban nombres. Otros estaban en silencio. Ese silencio también era una forma de desesperación. No todos lloran de la misma manera. Hay gente que se queda quieta porque ya no sabe qué hacer con el dolor.

—¿Y en los rescatistas venezolanos?

Vi muchísimo esfuerzo. Rescatistas agotados, cubiertos de polvo, con sed, con hambre, con sueño. Personas que seguían trabajando aunque el cuerpo ya no respondía igual. También vi frustración. Porque no siempre se podía entrar, no siempre había herramientas suficientes, no siempre había condiciones seguras. El rescate no depende solo del valor. Depende de tiempo, técnica, equipos, seguridad y coordinación.

—¿Sintió miedo durante esas noches?

Sí. El miedo estaba presente todo el tiempo. Miedo a una réplica. Miedo a que una estructura cediera. Miedo a que alguien del equipo se lesionara. Miedo a equivocarse. Miedo a llegar tarde. Miedo a no tener recursos suficientes para atender a alguien que sí podía salvarse. La emergencia no era solo física. También era mental. De hecho el ultimo día volvió una réplica y vi como el McDonald's se tambaleaba como una galleta. Hay videos sobre eso.

—¿Pudo dormir en esos días?

Muy poco. Una hora, dos horas al día. A veces menos. No había sueño reparador. Aunque uno se acostara un momento, la cabeza seguía escuchando gritos, pasos, llamados. El cuerpo estaba agotado, pero el sistema nervioso seguía activado. Era difícil desconectarse.

—Usted ha usado la palabra trauma. ¿Por qué?

Porque fue traumático. No como una exageración. Fue realmente traumático. Ver muerte, destrucción, familias esperando, rescatistas quebrados, pacientes en la calle, estructuras abiertas. Todo eso deja una marca. Hay imágenes que no se ordenan fácilmente. Uno sigue funcionando, pero después el cuerpo y la mente cobran factura.

—¿Qué imagen nocturna se le quedó más grabada?

La de la brigadista alemana llorando. También la de las familias esperando alrededor de los escombros. La de la anatomopatóloga casi sola en medio de una escena que nadie debería cargar sin apoyo. Y la sensación de oscuridad. No solo oscuridad física, sino una oscuridad moral. Esa sensación de que todos estaban haciendo lo posible, pero lo posible no alcanzaba. La señora que iba al McDonald's porque sentía que su hija se iba a despertar de pronto y a pedirle un helado.

—¿Qué cree que deberían entender quienes miran la tragedia desde lejos?

Que no es una cifra. No son solo muertos y heridos en una tabla. Son familias esperando, médicos corriendo, rescatistas llorando, médicos en formación aprendiendo de golpe, voluntarios cargando cajas, personas que pierden la casa y aun así ayudan al vecino. Desde lejos todo parece una noticia. Desde dentro es una experiencia humana muy dura.

—¿Qué le dejó personalmente esa parte de la emergencia?

Me dejó humildad. Uno llega queriendo ayudar y rápido entiende que no puede salvarlo todo. Eso es muy duro para un médico. Pero también me dejó una certeza: incluso cuando no puedes salvar a todos, tu presencia importa. Acompañar importa. Verificar importa. Correr importa. Sostener a alguien que llora también importa.

El agotamiento, la salida y el regreso con El País

—¿En qué momento sintió que el equipo ya no podía más?

Creo que el cuerpo empezó a avisarnos antes de que nosotros quisiéramos aceptarlo. Veníamos de varios días con muy poco sueño, caminando muchísimo, atendiendo pacientes, entrando y saliendo de zonas destruidas, escuchando llamados, viendo escenas muy duras. Uno puede sostenerse por adrenalina durante un tiempo, pero llega un punto en que el cansancio se vuelve peligroso.

—¿Cuánto dormían durante esos días?

Una hora, dos horas al día. A veces menos. No era un sueño reparador. Era acostarse un momento y levantarse otra vez porque alguien llamaba, porque hacía falta apoyo, porque llegaba un paciente o porque había que moverse a otra zona. El cuerpo estaba agotado, pero la cabeza seguía en alerta.

—También habló de caminatas muy largas.

Sí. Caminábamos muchísimo. Había días en los que recorríamos treinta y cinco o cuarenta kilómetros entre las zonas afectadas. Era caminar entre escombros, calles dañadas, puntos de atención, edificios comprometidos, lugares donde se buscaban desaparecidos. No era una caminata normal. Era caminar con calor, polvo, tensión y carga emocional.

—¿Cómo estaban los médicos en formación de su equipo?

Muy cansados, pero firmes. Jhoiner, Reiker, Lisbeth y Danymar estuvieron a la altura. Eso quiero repetirlo siempre. Eran médicos en formación y vivieron una emergencia real en condiciones muy duras. No abandonaron. Acompañaron, atendieron, caminaron, ayudaron a sostener el trabajo. Yo me sentí muy orgulloso de ellos.

—¿Sintió responsabilidad por decidir cuándo parar?

Sí. Mucha. En una emergencia uno quiere seguir, pero también tiene que reconocer que un equipo agotado puede cometer errores. El cansancio afecta el juicio clínico, la atención, la capacidad de moverse con seguridad. Había que ayudar, pero también había que cuidar al equipo. Esa parte es difícil porque detenerse puede sentirse como abandonar, aunque no lo sea.

—¿Por qué decidió salir de La Guaira?

Porque ya estábamos en un nivel de agotamiento muy alto. Parte del equipo comenzó a retirarse y yo también decidí salir. No fue una salida tranquila. Uno se va con culpa, con la sensación de que todavía queda demasiado por hacer. Pero el cuerpo no puede sostener indefinidamente ese ritmo.

—¿Qué sentía al montarse en el bus para irse?

Sentía cansancio extremo. También tristeza. Había una mezcla de alivio físico y peso moral. Alivio porque por fin parecía que íbamos a detenernos un poco. Peso porque uno sabe que la emergencia sigue. Que hay pacientes, familias, rescatistas, voluntarios. La tragedia no termina porque uno se monte en un bus.

—¿Fue en ese momento cuando lo contactó El País?

Sí. Yo ya estaba montado en el bus cuando me contactó el diario El País. Querían documentar lo que estaba ocurriendo en La Guaira y en particular la historia del McDonald’s convertido en hospital de campaña. Ya ellos estaban siguiendo la situación y querían verificar en terreno lo que se estaba viviendo.

—¿Qué pensó cuando recibió ese contacto?

Pensé que era importante. El País es uno de los diarios más influyentes del mundo en lengua española y podía darle visibilidad internacional a lo que estaba pasando. Pero al mismo tiempo yo estaba destruido. Venía de días muy duros. Aun así entendí que si esa historia se contaba bien, podía servir para mostrar la emergencia, la precariedad y también el trabajo de los voluntarios.

—¿Decidió regresar entonces?

Sí. Regresé a La Guaira con ellos. Volví a la zona cuando ya estaba saliendo. Eso fue fuerte porque mentalmente yo ya estaba intentando retirarme, pero la realidad me llevó otra vez al lugar. Regresamos para mostrar el punto, explicar cómo se había organizado la atención y documentar lo que había pasado en el McDonald’s.

—¿Qué pudieron ver ellos?

Pudieron ver el espacio, la organización, los restos de lo que había sido un centro de acopio y luego un punto clínico. Pudieron comprobar que allí se había atendido a pacientes, que había médicos y voluntarios, que el lugar había funcionado como una clínica improvisada. También pudieron ver el contexto de La Guaira, el nivel de destrucción, la precariedad y la necesidad de atención.

—¿Usted siguió atendiendo pacientes durante esa visita?

Sí. Porque uno no puede estar allí solo como testigo. Si aparece un paciente, atiendes. Si alguien pide ayuda, respondes. Aunque haya periodistas, aunque haya cámaras, aunque estés agotado. La condición médica no se suspende porque estés dando una entrevista.

—¿Cómo fue contar todo eso a un medio internacional?

Fue extraño. Porque uno no está pensando en narrar mientras está viviendo una emergencia. Uno actúa. Después te preguntan qué pasó y tienes que ordenar escenas que todavía están abiertas en la cabeza. El bus desde Coro, los médicos en formación, Boca de Aroa, Morón, Valencia, la estación de bomberos, Caracas, el grupo varado, La Guaira, el edificio, el McDonald’s, los rescatistas, la brigadista alemana. Todo estaba mezclado.

—¿Sintió que la nota podía ayudar?

Sí. La visibilidad puede ayudar si está bien enfocada. No se trata de convertir el dolor en espectáculo. Se trata de que el mundo entienda que hubo una emergencia real, que hubo voluntarios trabajando al límite, que hubo comunidades desamparadas y que la respuesta civil sostuvo mucho de lo que ocurrió en los primeros días.

—¿Qué le parece que el McDonald’s se haya convertido en el símbolo de la historia?

Es una imagen muy fuerte. Un McDonald’s abandonado convertido en hospital de campaña. Es imposible que eso no llame la atención. Pero para mí no debe verse como una curiosidad. Debe verse como una señal de lo que pasó. Por un lado, muestra la capacidad de organización de médicos, médicos en formación, vecinos y voluntarios. Por otro lado, muestra una precariedad enorme. Un país no debería depender de un restaurante abandonado para atender una emergencia. Es curioso esto porque de joven era yo antisistema, y una vez luché porque clauduraran el McDonald's de Coro debido a que estaba contaminando con aguas negras a decenas de familias y no pagaron indemnización. También de joven me tomé una fotografía mi primer selphie con mis dos hijos en un McDonald's, luego recordé el momento cuatro años después. Varias cosas.

—¿Le preocupa que se romantice esa improvisación?

Sí. Me preocupa mucho. Yo agradezco que se reconozca el esfuerzo de los voluntarios, pero no quiero que se romantice la precariedad. Improvisar puede ser necesario en un momento crítico. Puede salvar vidas. Pero la improvisación no puede sustituir a un sistema sanitario ni a una respuesta institucional organizada.

—¿Qué quiso transmitirle a El País?

Quise transmitir la verdad de lo que vimos. Que había médicos y médicos en formación trabajando sin descanso. Que había pacientes atendidos en la calle. Que había rescatistas agotados. Que había familias buscando a sus seres queridos. Que la sociedad civil respondió con una fuerza enorme. Y que también había desamparo. Las dos cosas son ciertas y hay que decirlas juntas.

—¿Cómo vivió usted que su nombre apareciera en una nota de El País?

Con emoción, claro. Es un medio muy importante. Para cualquier persona que trabaja en el mundo académico, médico o intelectual, aparecer allí tiene un peso. Pero también lo viví con pudor. Porque la historia no era solamente mía. Yo fui parte de algo mucho más grande. Si mi nombre aparece, quiero que sirva para nombrar también al equipo, a los médicos en formación, a los voluntarios y a todos los que estuvieron allí.

—¿Qué significó para usted regresar a la zona con los periodistas después de haber decidido irse?

Fue como volver a entrar en una herida. Yo ya había salido físicamente, pero no emocionalmente. Regresar me obligó a mirar otra vez lo que acabábamos de vivir. Al mismo tiempo, permitió dejar constancia. Y en una tragedia, dejar constancia importa. Porque si no se cuenta, parece que no ocurrió. O se reduce a cifras. Y aquello fue mucho más que cifras.

—¿Qué espera que quede de esa cobertura?

Espero que quede la imagen completa. No solo el McDonald’s. También el camino. Coro, el bus, los médicos en formación, los pueblos afectados, la estación de bomberos, los voluntarios varados en Caracas, la entrada difícil a La Guaira, los rescatistas, las familias, los pacientes. Espero que se entienda que la emergencia fue sostenida por muchísima gente anónima. Y que esa gente merece reconocimiento, apoyo y memoria.

Gracias por la entrevista, doctor Romero.

A usted y a todos los que hacen posible que el género humano se caracterice por esto, la solidaridad y el apoyo mutuo.

Dra Wallimarth Ortiz, Dra María Andrade Dra Yris y Dr Miguel Romero

Roseli Cruz y David Pérez corresposales de El Pais